segunda-feira, 29 de novembro de 2010

ADVIENTO: ESTE ES EL TIEMPO DE LA ESPERANZA Un discípulo siempre está en “vigilia” Mateo 24, 37-44


Centro Bíblico Pastoral para América Latina del CELAM
Estudio Bíblico de base para la Lectio Divina del Evangelio del Domingo
Primero de Adviento (A) – Noviembre 28 de 2010


ADVIENTO: ESTE ES EL TIEMPO DE LA ESPERANZA
Un discípulo siempre está en “vigilia”
Mateo 24, 37-44


“¿De qué aprovecha saber cuándo vendrá el Señor,
si Él no viene primero a mi alma y vuelve a mi espíritu,
si Cristo no vive en mí y me habla?”
(San Pascasio)

“Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor


Oración para el Adviento

“Jesús, que vives en María,
ven a vivir en tus siervos,
con el espíritu de santidad,
con la plenitud de tu poder,
con la perfección de tus caminos,
con la realidad de tus virtudes,
con la participación de tu Misterio.
Triunfa de todo poder adverso,
por la fuerza de tu Espíritu,
para gloria del Padre. Amén.”
(J.J. Olier)


Introducción al Adviento


Comenzamos una nueva etapa en nuestro caminar: el Tiempo del ADVIENTO (o de la “venida” del Señor). Nuestra mirada se hunde en el futuro, explorando como centinelas la venida del amoroso Señor que viene a nuestro encuentro.

¡Este es el tiempo de la esperanza!

¡Despertemos!

“¡Velad!”, “¡Estad despiertos!” (Mt 24,42), es la nota aguda del anuncio de Jesús en el evangelio de hoy.

En nuestro mundo de hoy la palabra “vigilar”, “estar muy atentos”, es la palabra de orden, sobre todo después del 11 de septiembre.

Pero hay otra “vigilancia” que es sustancialmente diferente, que no es a la defensiva porque no parte del “terror”, del “miedo” o de la “amenaza”, sino de la dulce expectativa de quien espera la llegada imprevista del ser amado, aquél que llega para colmar nuestros deseos más profundos, aquél de quien nuestra vida necesita.

Esta es la “vigilancia” que nos enseña el evangelio y que durante este tiempo del ADVIENTO –que hoy comenzamos- vamos a ejercitar continuamente guiados por la santa Palabra.


¿De dónde viene la palabra “vigilar”?

Las “vigilias” eran –en el mundo romano- las tres partes en las cuales se dividía la noche. Así se le llamaba a los turnos de los centinelas y de los militares.  De por sí significa pasar parte de la noche –o quizás la noche entera- levantados y en actitud de alerta frente a un eventual peligro o simplemente para atender al que llega.

La vigilancia era una actitud de oficio. Hoy no nos es difícil entenderla cuando vemos -por ejemplo- los turnos de trabajo nocturno de una enfermera, del personal asociado a la vigilancia de nuestros barrios o edificios. También hay otros casos que son por puro amor, como la vigilia de una madre angustiada por la llegada nocturna de su hijo que ha salido a una fiesta.


En la vigilancia se expresa el corazón. Se renuncia a sí mismo, se sale de sí mismo y es otro quien concentra nuestra atención. En la expectativa de la llegada se ejercita el amor.


¿Entonces hay que restarle horas al sueño?

¡Atención! Con la invitación a “no dormir” (justamente es en las fiestas de fin año cuando se duerme menos) se puede caer un equívoco: ¿Será que Jesús condena el sueño?

No propiamente, porque como dice el Salmo 127,2 se dice que el Señor “colma a su amado mientras duerme” (otra traducción: “El Señor le dará a sus amigos el sueño”). El sueño es un maravilloso don de Dios.

Con razón el escritor francés Péguy se atrevía a hacer un elogio del sueño. El mal es el insomnio. Éste puede suceder por disturbios físicos, por preocupaciones o por condiciones ambientales adversas. Pero detrás del insomnio, como decía Péguy, está la inquietud, la ansiedad, la falta de confianza en Dios, el malestar con otros o con la propia vida. Cuánto daño puede producir el negarse el descanso.

Pero la “vigilancia” cristiana, que en principio significa “no dormir”, va paradójicamente en la dirección del verdadero reposo del corazón. Por eso la insistencia de la Palabra de Dios, en diversos textos del Nuevo Testamento, en acentuar los términos que acompañan el imperativo “Velad”:Velad, estad atentos”, “Velad, estad preparados”, “Velad y orad”, “Velad y sed sobrios”.

Vayamos entonces más a fondo. La “vigilancia” es una manera diferente de posicionarse frente a la vida. Implica discernir lo que estamos viviendo, entrar en ese estado de reflexión lúcida procurando detectar aquello que nos quita la paz; es un retomar sobriamente los sueños dorados que nos hacen felices por poco tiempo pero que al final no descansan el corazón. Se logra entrando en diálogo limpio y honesto consigo mismo y con Dios.

Sólo así no nos cogerán de sorpresa los acontecimientos fundamentales en los que se juega el rumbo de nuestra historia personal, tendremos prontitud espiritual para reaccionar y decidir correctamente un proyecto de vida que sí da crecimiento pleno.

Un nuevo giro toma la vida cuando, mediante este ejercicio, logramos despertar de los incómodos sueños del pecado. Como nos dice san Pablo: “Es hora de levantarnos del sueño… Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias” (Romanos 13,11.13). Entonces estaremos en capacidad de “acoger”, se afinará nuestra receptividad, porque despojados interiormente de nuestro yo egoísta –del hacer girar todo en torno nuestro- seremos libres para “salir al encuentro” de Dios que viene a nosotros en sus muchas formas de presencia y darle espacio en nuestro corazón.

En cambio quien no tiene la vida en orden es como quien viaja en un autobús sin haber comprado el ticket. El que lo compra puede dormir tranquilo durante el viaje y sólo se despierta para exhibir con calma su ticket en el momento en que se hace el control. Pero quien no lo ha hecho, viaja en permanente zozobra, no puede dormir aguardando la hora de la vergüenza pública.

Por eso la “vigilancia” está estrechamente conectada con el “estar preparados”. Quien está preparado vive en paz con Dios, con todos y consigo mismo, con la lámpara de la fe encendida durante la noche.


¿Cuál es el acontecimiento para el cual hay que prepararse?

El acontecimiento que no nos debe encontrar impreparados es el retorno de Cristo. Este es precisamente el tema del evangelio de hoy.

Leamos Mateo 24,37-44:
37Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre.
38Porque como en los días que precedieron al diluvio,
comían, bebían, tomaban mujer o marido,
 hasta el día en que entró Noé en el arca,
39y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio
y los arrastró a todos,
así será también la venida del Hijo del hombre.
40Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado;
41dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada.
42Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
43Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese
a qué hora de la noche iba a venir el ladrón,
estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa.
44Por eso, también vosotros estad preparados,
porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre.

Un evangelio maravilloso sobre la venida del Señor. Vale la pena que lo exploremos siguiendo los tres pasos de la dinámica espiritual implicada en el texto:

(1) La venida de Cristo anunciada
(2) La venida de Cristo preparada
(3) La venida de Cristo deseada.

1. El retorno de Cristo anunciado

En su discurso sobre el futuro del Reino de los Cielos (ver Mateo 24-25), Jesús había anunciado: “Aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre; y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria” (24,30).

Desde el comienzo del evangelio, Jesús había anunciado la cercanía del Reino, es decir, la decisión definitiva de Dios de hacer valer su señorío real (ver 4,17). Ya no serán los hombres ni las fuerzas de la naturaleza las que determinen el curso de la historia humana. Esto sucederá por medio de la venida del Hijo del hombre con la potencia y la gloria de Dios.

Cuando el Reino se revele definitiva y universalmente con todo su poder ante todo el mundo, toda existencia humana se manifestará ante el Hijo del hombre –Jesús en su gloria- con su verdadero sentido y valor. Con la venida definitiva de Jesús toda persona saldrá a la luz en su más íntima esencia.

Puesto que todo hombre está profundamente conectado a la venida del Señor, cada uno debería conducir su proyecto de vida en esa dirección. Ante Jesús tendremos que responder por todo lo que buscamos, trabajamos y logramos. En este sentido, toda nuestra vida debe prepararse para ese momento.


2. El retorno de Cristo preparado

Con la misma fuerza con que Jesús anuncia su venida, también dice que nadie conoce ni el día ni la hora:

  • Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (24,36).
  • Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor” (24,42).
  • Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre” (24,44).

Nótese cómo la invitación a la preparación del acontecimiento cuyo momento desconocemos, va atravesando el pasaje de hoy.

Ponerse a hacer cálculos sobre el día y la hora del fin es tiempo perdido porque éste es indeterminado y desconocido. Lo que importa es que estemos preparados en todo momento. Como una vez que le preguntó san Juan Bosco a un muchacho: “¿Y si te murieras esta noche?”.

Por eso hay que evitar cualquier comportamiento irresponsable. No es razonable vivir al impulso de los inmediatismos, sin ningún proyecto ni horizonte de vida.

Para hacernos entender esto, Jesús pasa al mundo de las comparaciones. Nos presenta tres, todas ellas desenvolviéndose como en cascada:

2.1. Un ejemplo de vida distraída

Primero Jesús nos pone el ejemplo de los días de Noé: “Como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos” (24,37-39).

La moraleja salta a la vista: no es razonable vivir de manera distraída, despreocupada.

La escena descrita en tiempos de Noé nos presenta gente absorbida por la vida terrena: comer, beber, casarse. Eran personas que se dejaban llevar tranquilamente por el ciclo biológico de la vida, atentos a lo presente, sin pensar en nada más allá; el asunto era gozar la vida.

En aquel entonces el diluvio había sido anunciado, pero aún no pasaba nada. A ellos les parecía lejano y casi irreal, por eso prefirieron concentrar sus energías en aquello que consideraban más concreto y práctico.

De la misma manera, ahora la venida del Señor solamente ha sido anunciada. El hecho de que no suceda nada aún puede llevar a pensar que hay mucho tiempo en la vida y descuidarse en la atención a su venida, concentrándose más bien en otros asuntos. Pero, como insiste Jesús, imprevista y sorprendente será su venida: “Así será también la venida del Hijo del hombre” (24,39b; leer esta frase junto con el versículo anterior).

2.2. Un ejemplo sobre el engaño de las apariencias

Dando un paso adelante ahora Jesús enseña que no hay que quedarse con la apariencia externa de las situaciones terrenas: “Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada” (24,40-41).

Jesús parte de escenas de la vida cotidiana: la vida laboral en una sociedad agrícola. Describe las ocupaciones más importantes del hombre y de la mujer: los varones siembran y cosechan el trigo en el campo, luego las mujeres mueven la rueda de molino para obtener la harina y el pan de cada día.

Todos trabajan, todos se mueven por igual en las rutinas de la vida. Esto puede llevar a una falsa deducción.

Del hecho de que todos pasemos por situaciones semejantes –trabajo y fatiga, felicidad e infelicidad, sufrimientos y alegrías, vida y muerte- puede nacer la ilusión de que la obediencia o la desobediencia, la rectitud o la injusticia no tengan importancia alguna; que sea indiferente la forma en que se viva, porque –al fin y al cabo- todos terminaremos igual. Pues aquí está el punto: no terminaremos igual. Con la venida del Señor habrá una separación radical: “uno es tomado y el otro dejado”, es decir, quienes estén preparados serán recibidos en la comunión con Dios y los otros serán excluidos.

2.3. Un ejemplo de llegada imprevista

En consecuencia uno tiene que auto-regularse y conducir la vida con base en la vigilancia: “Si el dueño de la casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa” (24,43).

Es probable que si conociéramos el día y la hora de la venida del Señor, a lo mejor –con reloj en mano- dejaríamos para última hora la preparación, como es habitual en tantas otras situaciones de la vida. Pero el Señor viene como un ladrón nocturno: inesperado, sorpresivo, impredecible.

Por eso hay que estar preparado en todo momento. No debemos nunca bajar la alerta. Hay que vivir responsablemente según la voluntad del Señor, de manera que podamos responder en cualquier momento por ella y con la frente en alto.

3. El retorno de Cristo deseado

Jesús no pronuncia todas estas enseñanzas para obligarnos a una conversión a fuerza de miedo, sino para abrirnos los ojos.

La venida del Señor no debe ser motivo de miedo sino de movilización para la preparación. Obviamente tendremos miedo de la venida del Señor si tenemos deudas con la historia y no tenemos a punto la vida; en este caso: ¡A poner en orden la casa! ¡A preparar la venida del Señor! Entonces nuestra vida tendrá reposo, tendremos fuerza interior, soñaremos y construiremos los sueños de Dios, para los cuales tanto nos animan los profetas.

En cualquier caso debemos decir: “¡Qué bueno que vienes, Señor! Tú “vienes” a darle plenitud a nuestra vida, a elevarla a un plano superior compartiéndonos la tuya, como nos lo diste a entender desde el momento de la encarnación”.

Un día el Señor nos invitará a quedarnos definitivamente con él. Ese día el fin marcado por la muerte será en realidad el comienzo: naceremos definitivamente para la vida después de este lento proceso de gestación terrenal formando a Jesús en nosotros. Mientras tanto aguardamos vigilantes el momento del encuentro.

Tengamos presente que la “vigilancia” que nos pide el evangelio no sólo se refiere al encuentro final con Dios (al final de mi mundo, de mi vida). Cada día Dios está viniendo a nuestro encuentro y no podemos dejarlo pasar de largo. Viene en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad, en la presencia escondida en las personas más necesitadas, en las diversas formas en que nos regala su gracia.

La “vigilancia” entonces es ése saber tener la casa pronta y a punto para recibir la visita, para abrir los brazos de par en par al Dios que es por definición: “El que viene” (Apocalipsis 1,8). San Bernardo hablaba de las tres venidas de Cristo:

·         Su venida en la carne. La cual celebraremos en la próxima navidad.
·         Su venida futura en la parusía (su segunda venida), en la cual hemos reflexionado hoy.
·         Su venida en el presente. ¿No es verdad, por ejemplo, que cada vez que celebramos la Eucaristía Jesús está viniendo a nuestro encuentro?

En conclusión…

El evangelio del “Velad, estad preparados”, con el cual hoy le damos apertura al ADVIENTO, nos da la ocasión para que, frente a esta triple venida del Señor, nos tomemos una pausa de reflexión y nos preguntemos qué estamos haciendo con nuestra vida.

La conciencia de nuestra fragilidad nos llevará a abrirle el corazón a Aquel que vino al mundo, asumiendo la carne humana, por nuestra salvación; Aquel a quien el evangelio de Mateo nos presenta diciendo: “Le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (1,21).

Entonces viviendo con alegría nuestro proyecto de vida en su discipulado levantaremos límpida nuestra mirada hacia la meta y oraremos confiados: ¡Ven, Señor Jesús! ¡Marana-tha!

4. Entremos en el Adviento con los Padres de la Iglesia

Siguiendo la clásica presentación del Adviento como celebración de la “triple venida” del Señor (ayer en la carne, mañana en gloria, hoy en los signos de su presencia), San Pascasio nos presenta una vehemente exhortación que tiene originalidad y gran intuición espiritual. Luego, con san Agustín, vemos cómo el Salmo responsorial de este día posee ricos sentidos –especialmente el sentido “eclesial”- que nos debemos apropiar.

4.1. San Pascasio Radberto: “La doble venida del Señor”

“Debemos tener presente en el pensamiento la doble venida de Cristo: una cuando aparezca y le demos cuenta de todas nuestras acciones; la otra cada día, cuando él continuamente visita nuestras conciencias y viene hasta nosotros a fin de encontrarnos preparados para su llegada.
¿De qué me sirve saber cuándo será el día del juicio, si tengo la conciencia pesada por tantos pecados? ¿De qué aprovecha saber cuándo vendrá el Señor, si Él no viene primero a mi alma y vuelve a mi espíritu, si Cristo no vive en mí y me habla?
Su venida es para mí un bien, si Cristo ya vive en mí, y yo en Él. Y para mí ya casi llegó la hora de su segundo adviento cuando los valores de este mundo se eclipsan a mis ojos y yo, de alguna manera, puedo decir: ‘El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo’ (Gálatas 6,14)”.
(San Pascasio Radberto, Comentario al Evangelio de Mateo)

4.2. San Agustín: “Corramos, pues, corramos, ¡Vamos a la casa del Señor!”

“Este Salmo… desea la propia Jerusalén. O mejor, el que sube en este Salmo suspira por ella. Se trata, en efecto, de un cántico gradual y, como ya os lo dijimos muchas veces, estas gradas no son las de quien desciende sino de quien sube. Por tanto, se quiere subir. ¿Y para dónde sino para el cielo? (...)
En el cielo hay una Jerusalén eterna, donde los ángeles son nuestros conciudadanos. Lejos de ellos, peregrinamos en la tierra: en la peregrinación suspiramos, en la ciudad gozaremos. En esta peregrinación, con todo, encontramos compañeros que vieron la ciudad y nos invitan a correr hacia ella. Por ellos se regocija el salmista que dice: ‘¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor!’.
Corramos, pues, corramos, porque vamos para la casa del Señor. Corramos y no nos cansemos, porque llegaremos donde nunca más habrá fatiga.
Corramos para la casa del Señor, que nuestra alma exulte con quien nos dijo tales cosas.
Los que esto nos dicen vieron primero la patria y de lejos clamaron a los que venían atrás: ‘¡Vamos a la casa del Señor! Andad, corred’. La vieron los apóstoles y nos dijeron: ‘¡Corred, caminad, seguidnos, vamos a la casa del Señor!’.
Y, ¿qué dice cada uno de nosotros? ‘Me alegré con quienes me dijeron: Vamos a la casa del Señor’. Me alegré con los Profetas, me alegré con los Apóstoles”.
(San Agustín, Enarr. in Ps. 121,2)

5. Para cultivar la semilla de la Palabra en la vida:

5.1. Hoy comenzamos el tiempo del “Adviento”. ¿Qué significa esta palabra? Cuando se habla de “venida” del Señor, ¿de qué se está hablando? ¿Qué se espera que hagamos en este tiempo?

5.2. La “vigilancia cristiana” está referida al encuentro con el Señor. ¿En qué consiste el ejercicio de la “vigilancia cristiana”?

5.3. ¿Qué consecuencia tiene el hecho de que no se conozca la hora de la venida del Señor?

5.4. Adviento se nos abre como el tiempo de la vigilancia, del estar preparados. Concretamente, ¿cómo pienso prepararme durante este tiempo para la llegada de Jesús? Sería muy bueno dedicar un espacio de tiempo para pensar en el aspecto de mi vida que debo cambiar. ¿Qué pasos seguiré para lograr ese cambio?

5.5. ¿Mi vida está absorbida por mis tareas diarias, por salir lo mejor librada/o de las preocupaciones diarias? ¿En qué forma concreta me estoy preparando para el encuentro definitivo con el Dios de la vida? ¿Pienso que todavía me queda mucho tiempo?

5.6. ¿Participar cada semana en la Eucaristía dominical es para mi un momento aislado, algo que hay que hacer y basta, o lo preparo con mi vida honesta, amable, generosa y de buena relación con los demás?


 Una oración para acabar el año identificados con Jesús

“¡Oh amor que cautivas a Jesús en María y a María en Jesús!

Cautiva mi corazón, mi espíritu,
mis pensamientos, mis deseos y afectos en Jesús.

Establece a Jesús en mí para que yo me llene de él
y él viva y reine en mí perfectamente.

¡Oh abismo de amor!
Al contemplarte en las sagradas entrañas de su santa Madre,
te veo como perdido y sumergido
en el océano de tu divino amor.

Haz que yo también me pierda
y me hunda contigo en el mismo amor.
Amén”

(San Juan Eudes)



P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico Pastoral para América Latina
CELAM


Anexo 1
Pistas para las otras lecturas del domingo


Sumario: El nuevo año litúrgico comienza reavivando una gran esperanza para la humanidad: “De las espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas”. Impreso sobre la explanada del edificio de las Naciones Unidas en New Cork, este bello texto de Isaías alimenta la esperanza de los pueblos. Todavía estamos lejos de este sueño. Dios no abandona jamás este proyecto, a nosotros nos corresponde tomarlo en serio y ponerlo en práctica hasta el regreso definitivo del Señor. “Es hora de que se despierten”, dice Pablo en la carta a los Romanos. “Estén preparados”, dice Jesús en el Evangelio de hoy.

Primera lectura: Isaías 2,1-5

No levantará la espada nación contra nación

Este texto, el cual tiene algunas variantes en el profeta Miqueas (ver Miqueas 4,1-3), es un oráculo de salvación.

Anuncia la gran transformación que traerá la venida del Mesías: la revalorización del Templo en lo alto del Monte Sión en Jerusalén. El Templo, signo de que Dios habita en medio de su pueblo, irradia su luz sobre todo el mundo y al mismo tiempo atrae a todas las naciones hacia la reconciliación y la unidad.

En la visión de Isaías, la modesta colina de Sión parece de repente volverse más alta que todas las montañas de la tierra: “Será asentado en la cima de los montes” (2,2). El señorío de Dios se hace visible y relativiza todos los poderes de la tierra.

A lo largo de la historia se han visto subir con frecuencia naciones extranjeras subir hacia la ciudad, pero para atacarla o destruirla. En el futuro que está por llegar, ellas se ponen de acuerdo para hacer una peregrinación pacífica, subiendo hasta su cumbre justamente con el propósito contrario. Ellas vienen al Templo, no para ofrecer un sacrificio, sino para escuchar las instrucciones del Señor (“para que él nos enseñe sus caminos…”) y ponerlo como árbitro de sus conflictos (“Será árbitro de pueblos numerosos…”). La Ley que emana del Templo del Señor no es un reglamento que se impone sino un conjunto de orientaciones que enderezan la vida.

El Señor no hará parte de los conflictos mundiales (“las naciones”), no se pondrá del lado de ninguna de las partes ni destruirá sus armas. Las naciones en guerra lo harán por sí mismas a partir del momento en que escuchen la Palabra del Señor. Ellas no sólo destruirán sus armas sino que depondrán igualmente sus intenciones belicosas (“No levantará la espada nación contra nación”, 2,4). No habrá más reclutamientos ni pesados entrenamientos de soldados, y tendrá fin la inteligencia militar (“No se ejercitarán más en la guerra”; 2,4).

Todo el dinero y el recurso humano que se gasta en la guerra será invertido en alimentos: “Forjarán de sus espadas azadones y de sus lanzas podaderas” (2,4). El gran campo de cultivo común muestra hasta qué punto se pueden construir proyectos comunes a favor de la vida.

En la espera de este día, el profeta invita a todos a poner todo esto en práctica desde ya. ¿Cómo? Pues caminando a la luz del Señor. Por eso la exhortación final: “Caminemos a la luz de Yahvé” (2,5). La “luz” en este pasaje es el símbolo de la salvación que trae Dios a aquellos que siguen sus consejos y andan según su Ley.

¡Imaginémonos cómo sería el mundo si la voz de Isaías hoy fuera escuchada!


Salmo responsorial: 122, 1-2.4-5.6-7.8-9 (121 según la versión litúrgica)

“Vamos alegres a la casa del Señor”

Este Salmo lo oramos también el domingo pasado (ver las anotaciones allí) y hoy se constituye en un maravilloso canto de entrada procesional del Adviento (ver arriba el comentario de San Agustín).

De todas maneras veamos cómo en el Salmo responsorial se prolonga el texto de Isaías mediante un canto de alegría cantado por los peregrinos que suben al encuentro del Señor en Jerusalén, al encuentro con el Dios de la paz y dispuestos a vivir como familia reconciliada que lleva a cabo el proyecto de Dios.

El tema de la alegría domina la primera estrofa. La alegría acompaña al orante desde el comienzo del camino. En la esperanza, el peregrino siente como si ya hubiera alcanzado la meta del encuentro con Dios y con su comunidad en el Templo.

En la segunda y en la tercera estrofa celebran la armonía de la ciudad y su rol histórico: las tribus suben allí bajo la dirección de David y se entroniza el arca de la alianza. Ellos hicieron de Jerusalén la capital. Salomón construyó en ella el Templo. Jerusalén se convirtió en la ciudad santa donde todo judío debe ir tres veces al año en peregrinación. Jesús también participó regularmente en las peregrinaciones de su pueblo. En su época, los reyes y el palacio real habían desaparecido desde hacía tiempo. Al celebrar la casa de David, los peregrinos expresaban su esperanza en el Mesías que Dios enviaría a su pueblo.

Las dos últimas estrofas son una alusión al nombre de la ciudad, que significa: “Ciudad de la paz”.

Al comienzo del Adviento, cómo no pensar en Jesús, nacido en Belén, la ciudad de David.  Él es el verdadero Rey. Cuando sube a Jerusalén antes de su pasión, toma posesión de la ciudad y le trae la paz. La ciudad, infelizmente, rechaza a Jesús y él llora al contemplar su actitud: “¡Si tú hubieras reconocido este día a quien te puede dar la paz! Pero esto ha quedado oculto a tus ojos” (Lc 19,42).


Segunda lectura: Romanos 13,11-14ª

Rechacemos…, Revistámonos…, Procedamos…

Esta lectura está puesta para hacernos pensar en lo que tenemos que “hacer” de concreto nosotros una vez que hemos escuchado la primera lectura y orado con el Salmo.

La lista de los imperativos nos exhortan para una acción central: Pasar de la noche al día. En otras palabras: vivir el bautismo ya que por medio de él adquirimos una nueva dignidad. Esto se recoge en la frase final: “Revestíos del Señor Jesucristo” (13,14a), esto es, participar de su victoria por la fe, la caridad y la esperanza (ver 1 Tesalonicenses 5,8).

Para esto hay una condición: “Ya es hora de levantaros del sueño” (13,11). Con esta exhortación al “despertar” damos el primer paso del adviento. Para ello hay que recordar que implica esfuerzo, por eso la imagen de “las armas de la luz” (13,12) como símbolo del combate espiritual que nos aguarda.

Notemos cómo en este pasaje se da una motivación fundamental: el retorno inminente de Cristo. Pero que este retorno esté próximo o lejano, no debe afectar la manera de vivir de un cristiano. De hecho, toda la vida del bautizado es una tensión continua hacia la venida de Cristo en la gloria, como decimos en la liturgia: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!”.

Es así como el adviento nos educa en una espera activa justamente cuando se asoman los primeros rayos, cuando va a despuntar la aurora. Por tanto, hay que tomar en serio los imperativos: “Rechacemos…, Revistámonos…, Procedamos…” (13,12-13).

(J.S. - F.O.)

Anexo 2
Para los animadores de la celebración dominical

I
Al ser un tiempo de penitencia, el Adviento se caracteriza por la renuncia sensible a la exhuberancia de los medios expresivos externos: la austeridad y la interioridad marcan su clima espiritual.

Es importante que los sentidos capten la novedad y adviertan la diferencia desde la entrada del Templo: colores, luces, arreglos de la Iglesia, canto y música… Temática clara pero con discreción.

II
Ya es una costumbre entre muchos de nosotros el uso de la “corona de adviento”, entretejida con ramas verdes, con cuatro velas que sucesiva y progresivamente van siendo encendidas del primero al cuatro domingo. Es como un “crescendo” de luz y de esperanza.

Sugerimos encender una vela cada domingo en la mesa familiar, a la hora de bendecir la mesa. Es una bella forma de motivar la oración común.

III
Para los lectores.

Primera lectura: Más que hacer una lectura, es importante proclamarla. Al comenzar la liturgia de la Palabra en el Adviento, el lector aparece en el ambón como un heraldo que convoca al Pueblo de Dios para una noticia importante. Este debe ser el ánimo de los lectores, particularmente de quien va a hacer esta primera lectura. Sugerimos:
(1) Que se haga una pausa notable entre el título “Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y Jerusalén” y el resto del texto.
(2) Que se use un tono de voz elevado (no quiere decir más volumen), como si no se tuviera micrófono.
(3) Que se le ponga atención a algunas palabras clave: “estará firme”, “confluirán”, “caminarán”, “venid”, “árbitro”, “forjarán”, “no…no”, “ven”, “caminemos”…

Segunda lectura: A la hora de preparar la proclamación, una primera lectura inteligente indicará dónde hay que hacer las pausas. Se sugiere acentuar sobre todo el paralelismo antitético (noche – día, obras de las tinieblas – armas de la luz), la enumeración (“comilonas, borracheras, nada de lujuria ni desenfreno…”) y el remate final: “Revestíos de Jesucristo”.

(V.P. – F.O.)

Anexo 3
Para prolongar la meditación y la oración

La venida de Jesús (Mt 24,37-44)


“El regreso de Cristo
se realiza cada vez
que los hombre se escuchan
y se acogen
con emoción,
viviendo entre ellos
un compartir de amor
y de acción.
Los pobres son amados
y atendidos con alegría”.

(Franck Widro)


Nenhum comentário: